¿Qué es la leucemia?
La leucemia es un tipo de neoplasia maligna (cáncer) que afecta a los glóbulos blancos, células fundamentales de nuestro sistema inmunitario, encargadas de defender el organismo frente a gérmenes y otros agentes invasores.
Se trata de un cáncer de la sangre y de la médula ósea, caracterizado por la producción descontrolada de leucocitos defectuosos, que no desempeñan sus funciones defensivas y acaban ocupando el espacio de las células sanguíneas sanas.
Actualmente, la leucemia se clasifica en cuatro tipos principales, según la velocidad de progresión (aguda o crónica) y la línea celular afectada (mieloide o linfoide):
- Leucemia mieloide aguda (LMA).
- Leucemia mieloide crónica (LMC).
- Leucemia linfocítica aguda (LLA).
- Leucemia linfocítica crónica (LLC).
Además de la leucemia, existen otros tipos de cáncer que afectan a la sangre y a la médula ósea:
- Linfoma: cáncer de los linfocitos que afecta principalmente a los ganglios linfáticos y al sistema linfático.
- Mieloma múltiple: neoplasia de las células plasmáticas, un tipo de linfocito B.
- Síndrome mielodisplásico: grupo de enfermedades en las que la médula ósea produce células sanguíneas anómalas, con alto riesgo de evolucionar a leucemia.
Antes de profundizar en la leucemia propiamente dicha, es fundamental comprender el papel de los leucocitos y cómo se forman, ya que son precisamente estas células las que sufren la transformación maligna.
¿Qué son los leucocitos?
Los leucocitos, también conocidos como glóbulos blancos, son células producidas en la médula ósea y desempeñan un papel esencial en el sistema inmunitario, actuando en la defensa del organismo frente a infecciones, virus, bacterias, hongos y otros agentes invasores.
Circulan por la sangre, están presentes en el sistema linfático (ganglios linfáticos y linfa) y en órganos como el hígado y el bazo. Su función básica es reconocer y combatir agentes extraños, ya sea atacándolos directamente o produciendo anticuerpos específicos.
Producción y cantidad normal de leucocitos
- La médula ósea produce, en promedio, unos 100 millones de leucocitos al día.
- En una persona sana, la concentración normal varía entre 4.000 y 11.000 leucocitos por microlitro (µL) de sangre.
- Durante las infecciones, esta cifra puede duplicarse o triplicarse como respuesta del sistema inmunitario, pudiendo alcanzar los 20.000 leucocitos/µL.
Tras la resolución de la infección, el recuento vuelve a los niveles normales.
Tipos de leucocitos
Existen cinco tipos principales de leucocitos, cada uno con funciones específicas en la inmunidad:
- Neutrófilos: combaten infecciones bacterianas e inflamaciones agudas.
- Eosinófilos: actúan en alergias y en la defensa contra parásitos.
- Basófilos: liberan histamina y participan en reacciones alérgicas graves.
- Linfocitos (B y T): producen anticuerpos y coordinan la respuesta inmune.
- Monocitos: se transforman en macrófagos, responsables de “engullir” microorganismos y células muertas.
¿Cómo altera la leucemia esta producción?
En la leucemia, se produce una proliferación excesiva y descontrolada de leucocitos anómalos y defectuosos, que no son capaces de defender el organismo. En algunos casos, el recuento puede superar los 100.000 leucocitos/µL, pero estas células son inútiles para la defensa y terminan perjudicando la producción de glóbulos rojos y plaquetas.
Células de la sangre
Dentro de la médula ósea existe un tipo especial de célula llamada célula madre hematopoyética. Estas células son responsables de la producción de todos los elementos celulares de la sangre:
- Leucocitos (glóbulos blancos): defensa del organismo frente a infecciones.
- Hematíes (glóbulos rojos): transporte de oxígeno.
- Plaquetas: coagulación sanguínea.
Este proceso de formación de las células sanguíneas se denomina hematopoyesis.
¿Cómo ocurre la hematopoyesis?
La hematopoyesis se inicia con las células madre hematopoyéticas, que se dividen en dos líneas principales:
- Línea mieloide:
- Origina neutrófilos, eosinófilos, basófilos y monocitos (tipos de leucocitos).
- También da origen a los hematíes (glóbulos rojos) y a las plaquetas.
- Línea linfoide:
- Origina los linfocitos B y T, que son los leucocitos responsables de la inmunidad específica.

Relación con la leucemia
Cada una de estas líneas puede sufrir una transformación maligna, dando lugar a diferentes tipos de leucemia:
- Leucemias mieloides: afectan a células de la línea mieloide (neutrófilos, monocitos y, secundariamente, hematíes o plaquetas).
- Leucemias linfoides: afectan a células de la línea linfoide (linfocitos B o T).
Aunque la leucemia es esencialmente un cáncer de los glóbulos blancos, la producción anormal de estas células también interfiere con la producción de hematíes y plaquetas, lo que provoca anemia y un mayor riesgo de hemorragias.
Clasificación de las leucemias
La leucemia se clasifica según dos criterios principales: la línea celular afectada y la velocidad de progresión de la enfermedad. Esta división es fundamental para comprender sus distintas manifestaciones clínicas y para definir las estrategias de tratamiento.
En lo que respecta a la línea celular, las leucemias pueden ser mieloides o linfoides. Las mieloides surgen a partir de la transformación maligna de células de la serie mieloide, que dan origen a neutrófilos, monocitos, plaquetas y hematíes. Las linfoides, en cambio, se inician en células precursoras de la serie linfoide, responsables de la producción de linfocitos B y T.
El segundo criterio considera la velocidad de evolución de la enfermedad. Las leucemias agudas se caracterizan por la producción descontrolada de células jóvenes, llamadas blastos. Al ser inmaduras e incapaces de ejercer funciones normales, estas células invaden rápidamente la médula ósea, provocando síntomas graves en poco tiempo y requiriendo tratamiento inmediato.
Las leucemias crónicas, por otro lado, involucran células más maduras, aunque aún defectuosas, que se acumulan de forma lenta. En estos casos, la enfermedad puede permanecer asintomática durante meses o incluso años, siendo diagnosticada con frecuencia en análisis de rutina.
Combinando estos dos criterios, se establecen los cuatro tipos principales de leucemia:
- Leucemia mieloide aguda (LMA): evoluciona rápidamente y es más común en adultos, especialmente mayores de 60 años.
- Leucemia mieloide crónica (LMC): tiene una progresión lenta, pero puede transformarse en una forma aguda tras algunos años.
- Leucemia linfocítica aguda (LLA): es la forma más común en niños, aunque también puede presentarse en adultos.
- Leucemia linfocítica crónica (LLC): afecta principalmente a adultos mayores y puede tener una evolución muy lenta, a veces sin necesidad inmediata de tratamiento.
En general, las leucemias agudas son emergencias médicas que requieren intervención rápida, mientras que las formas crónicas suelen permitir un seguimiento prolongado antes de iniciar el tratamiento. Esta clasificación ayuda a entender por qué los pacientes con distintos tipos de leucemia presentan cuadros clínicos tan variados y necesitan enfoques terapéuticos personalizados.
Síntomas de las leucemias
Independientemente del tipo de leucemia, existe un conjunto de signos y síntomas que son comunes en la mayoría de los pacientes. La enfermedad comienza en la médula ósea, lugar donde surgen los leucocitos cancerosos y comienzan a multiplicarse. Al estar la médula ocupada casi por completo por células defectuosas, se ve gravemente afectada la producción de las otras líneas sanguíneas —hematíes, plaquetas y leucocitos normales—.
Esta sustitución progresiva de las células sanas por células malignas explica los síntomas típicos de la leucemia: anemia por la disminución de los hematíes, hemorragias por la reducción de las plaquetas e infecciones frecuentes debido a la deficiencia de leucocitos funcionales.
Además, las células leucémicas pueden circular por la sangre e infiltrarse en otros órganos y tejidos, como ganglios linfáticos, hígado, bazo y sistema nervioso central, provocando signos adicionales.

Síntomas más comunes de la leucemia
Los síntomas pueden variar según el tipo y la fase de la enfermedad, pero generalmente incluyen:
- Fatiga intensa y palidez, como consecuencia de la anemia.
- Fiebre persistente, con o sin causa infecciosa aparente.
- Infecciones recurrentes o graves, debido a la baja inmunidad funcional.
- Hemorragias y hematomas espontáneos, causados por la disminución de las plaquetas (petequias, sangrado de encías, epistaxis).
- Aumento de ganglios linfáticos, bazo e hígado, perceptible en la exploración física.
- Pérdida de peso involuntaria y sudoración nocturna intensa en fases más avanzadas.
- Dolores óseos o articulares, principalmente en leucemias agudas, por la acumulación de blastos en la médula ósea.
Estos signos y síntomas descritos anteriormente son consecuencia directa de la invasión de la médula ósea por las células malignas. La anemia provoca debilidad y dificultad para respirar; la trombocitopenia aumenta el riesgo de hemorragias; y la deficiencia inmunológica favorece las infecciones oportunistas.
En algunos casos, especialmente en las leucemias crónicas, los síntomas iniciales pueden ser leves o inexistentes, lo que hace que muchos diagnósticos se realicen únicamente a través de análisis de sangre rutinarios.
Además, la infiltración de órganos sólidos como el hígado y el bazo provoca un aumento de su tamaño y puede causar sensación de malestar abdominal o plenitud. Cuando hay infiltración del sistema nervioso central, más común en las leucemias agudas, pueden aparecer dolores de cabeza, vómitos y alteraciones neurológicas.
Para saber más sobre los principales síntomas de la leucemia, lee: Síntomas de la leucemia.
Diagnóstico
El diagnóstico de la leucemia se basa en la asociación entre los signos clínicos, las alteraciones en los análisis de laboratorio y pruebas específicas que confirman la presencia de células malignas en la médula ósea.
El primer paso suele ser el hemograma, una prueba sanguínea sencilla que puede sugerir la sospecha de la enfermedad. En muchos casos, se observa un aumento significativo en el número de leucocitos, pero es importante destacar que la leucemia también puede presentarse con recuentos normales o incluso bajos de leucocitos. Además, el hemograma suele mostrar signos de anemia (disminución de los hematíes) y trombocitopenia (descenso de las plaquetas).
Cuando existe sospecha de leucemia, es indispensable realizar una biopsia de médula ósea, un examen que consiste en la obtención de material directamente de la médula (generalmente del hueso de la pelvis) para su análisis microscópico. Este procedimiento permite identificar la presencia de células leucémicas y evaluar el porcentaje de blastos, dato fundamental para diferenciar las leucemias agudas de las crónicas.
Pruebas complementarias
Además de la biopsia, exámenes más avanzados tienen un papel clave en la caracterización de la enfermedad:
- Inmunofenotipificación por citometría de flujo: permite identificar con precisión el tipo celular implicado (mieloide o linfoide) mediante marcadores específicos en la superficie de las células.
- Estudios citogenéticos y moleculares: detectan alteraciones cromosómicas y mutaciones genéticas características de ciertos tipos de leucemia, como el cromosoma Filadelfia en la leucemia mieloide crónica (LMC) o las mutaciones FLT3 y NPM1 en la leucemia mieloide aguda (LMA). Esta información ayuda a definir el pronóstico y a seleccionar terapias dirigidas específicas.
- Pruebas de imagen (ecografía, tomografía): pueden estar indicadas para evaluar el aumento de tamaño de órganos como el hígado, el bazo o los ganglios linfáticos.
- Punción lumbar: utilizada principalmente en leucemias agudas, cuando se sospecha infiltración del sistema nervioso central.
¿Por qué es indispensable la confirmación mediante biopsia?
Aunque el hemograma y otras pruebas sugieren la presencia de leucemia, solo el análisis directo de la médula ósea confirma de manera definitiva la enfermedad y permite su correcta clasificación. Esta distinción es esencial, ya que cada tipo de leucemia tiene un comportamiento clínico, tratamiento y pronóstico distintos.
Leucemia mieloide aguda (LMA)
La leucemia mieloide aguda (LMA) es un tipo de cáncer hematológico caracterizado por la transformación maligna y la proliferación descontrolada de células jóvenes de la línea mieloide, conocidas como blastos mieloides, que se acumulan en la médula ósea y en la sangre periférica. Al ser inmaduras e incapaces de ejercer sus funciones normales, estas células sustituyen a las células sanguíneas sanas, lo que da lugar a anemia, trombocitopenia e inmunosupresión grave.
La LMA puede aparecer a cualquier edad, pero es más frecuente en adultos, especialmente mayores de 60 años, y presenta una ligera predominancia en el sexo masculino. Los factores de riesgo incluyen la exposición previa a radiación, quimioterapia (leucemia secundaria), contacto con agentes químicos como el benceno y el tabaquismo. Alteraciones genéticas heredadas o adquiridas, como los síndromes mielodisplásicos, también aumentan el riesgo de desarrollar la enfermedad.
Subtipos y genética de la LMA
La clasificación de la LMA ha evolucionado considerablemente con los avances de la biología molecular. En la actualidad, además de la morfología celular, el diagnóstico tiene en cuenta mutaciones genéticas específicas y anomalías cromosómicas, que influyen tanto en el pronóstico como en la elección del tratamiento.
- Mutaciones FLT3, NPM1 y CEBPA: están entre las más comunes y tienen un impacto pronóstico importante.
- Alteraciones cromosómicas como t(8;21) e inv(16): se asocian a mejor respuesta al tratamiento.
- LMA con reordenamiento del gen TP53 o mutaciones complejas: generalmente presentan un pronóstico más desfavorable.
Este refinamiento diagnóstico permite definir estrategias terapéuticas más personalizadas, incluso con el uso de terapias dirigidas.
Síntomas de la LMA
Los síntomas de la LMA resultan de la sustitución de la médula ósea por blastos y son similares a los de otras leucemias agudas:
- Fatiga intensa y palidez, debido a la anemia.
- Fiebre e infecciones recurrentes, por deficiencia de leucocitos funcionales.
- Hemorragias y hematomas espontáneos, causados por la disminución de plaquetas.
- Dolores óseos y malestar general.
En algunos casos, puede presentarse leucostasis, cuando el recuento de blastos es muy elevado, lo que provoca síntomas neurológicos y respiratorios graves que requieren tratamiento de urgencia.
Tratamiento de la LMA
El tratamiento de la LMA se divide en dos fases principales:
- Inducción de la remisión: el objetivo es eliminar los blastos leucémicos de la médula ósea. Esta fase utiliza quimioterapia intensiva, tradicionalmente con esquemas que combinan citarabina y antraciclinas.
- Consolidación: tras la remisión inicial, se busca impedir la recaída de la enfermedad. Puede incluir nuevos ciclos de quimioterapia o trasplante alogénico de médula ósea, especialmente indicado para pacientes con alto riesgo de recaída.
En los últimos años, las terapias dirigidas y los agentes biológicos han transformado el tratamiento:
- Inhibidores de FLT3 (midostaurina, gilteritinib) para casos con mutaciones específicas.
- Inhibidores de IDH1/IDH2 (ivosidenib, enasidenib) en subgrupos seleccionados.
- Inhibidores de BCL-2 (venetoclax) combinados con agentes hipometilantes, especialmente útiles en pacientes mayores o no candidatos a quimioterapia intensiva.
Estos nuevos enfoques han mejorado las tasas de respuesta, sobre todo en pacientes de riesgo intermedio o alto.
Pronóstico de la LMA
El pronóstico de la LMA depende de múltiples factores, como la edad, el estado general del paciente, las características citogenéticas y la respuesta inicial al tratamiento.
En adultos menores de 60 años, las tasas de remisión completa superan el 60 %, con tasas de curación en torno al 35–40 %. En pacientes de mayor edad o con mutaciones desfavorables, estos porcentajes son más bajos, aunque las terapias dirigidas están mejorando progresivamente los resultados.
El trasplante de médula ósea sigue siendo la principal opción curativa para pacientes con enfermedad de alto riesgo, a pesar de las complicaciones asociadas.
Leucemia mieloide crónica (LMC)
La leucemia mieloide crónica (LMC) es una neoplasia hematológica caracterizada por la proliferación descontrolada de células maduras o en estadios avanzados de diferenciación de la línea mieloide. A diferencia de la leucemia mieloide aguda (LMA), la LMC tiene un curso más lento y puede permanecer asintomática durante meses o incluso años, siendo frecuentemente detectada en análisis de sangre de rutina.
Información técnica para estudiantes: el principal evento molecular responsable de la LMC es la presencia del cromosoma Filadelfia (Ph), originado por una translocación entre los cromosomas 9 y 22 [t(9;22)]. Esta alteración genera el gen de fusión BCR-ABL1, que codifica una proteína tirosina quinasa anómala, responsable de la multiplicación continua de las células mieloides.
Traducción del párrafo anterior: el principal factor causante de la LMC es una alteración genética llamada cromosoma Filadelfia. Ocurre cuando dos fragmentos de ADN, ubicados en cromosomas distintos, intercambian de lugar. Este cambio crea un nuevo gen que transmite a las células de la médula ósea una señal constante de crecimiento.
Es importante destacar que esta alteración no es hereditaria: ocurre a lo largo de la vida de la persona y no se transmite de padres a hijos.
La LMC afecta principalmente a adultos entre los 30 y 60 años y es poco frecuente en niños.
Fases de la LMC
La LMC evoluciona en tres fases distintas:
- Fase crónica: representa alrededor del 85 % de los casos en el momento del diagnóstico. Los síntomas son leves o inexistentes, y la enfermedad se controla fácilmente con tratamiento.
- Fase acelerada: se observa un aumento del número de blastos en la médula ósea y señales de pérdida del control de la enfermedad.
- Fase blástica: similar a la LMA, se caracteriza por una gran proliferación de blastos y evolución agresiva. Sin tratamiento eficaz, la supervivencia en esta fase es limitada a pocos meses.
Síntomas de la LMC
En las etapas iniciales, muchos pacientes son asintomáticos. Cuando aparecen, los síntomas más comunes incluyen:
- Fatiga y pérdida de peso inexplicada.
- Sensación de plenitud abdominal, causada por el aumento del bazo (esplenomegalia).
- Sudoración nocturna y fiebre baja persistente.
- Recuento de leucocitos muy elevado en el hemograma, frecuentemente superior a 100.000/µL.
Tratamiento de la LMC
El tratamiento de la LMC fue revolucionado por la introducción de los inhibidores de tirosina quinasa (TKI), que bloquean la actividad de la proteína BCR-ABL1. Estos medicamentos han transformado la LMC en una enfermedad controlable a largo plazo para la mayoría de los pacientes.
Los fármacos más utilizados son:
- Imatinib (Gleevec®): primer TKI desarrollado, eficaz para controlar la enfermedad en la mayoría de los casos.
- TKIs de segunda generación: dasatinib y nilotinib, empleados como terapia inicial o en casos de resistencia o intolerancia al imatinib.
- TKI de tercera generación: ponatinib, indicado para pacientes con mutación T315I o resistencia a otros TKIs.
Con estos tratamientos, muchos pacientes logran una respuesta molecular profunda, caracterizada por niveles indetectables de BCR-ABL1. En casos seleccionados, es posible incluso suspender el TKI bajo un protocolo conocido como “stop-TKI”, siempre que se cumplan criterios específicos de respuesta estable y se realice un seguimiento estricto.
Pronóstico de la LMC
Gracias a los TKIs, la LMC ha dejado de ser una enfermedad fatal de progresión rápida para convertirse en una condición crónica controlable. La esperanza de vida actual es similar a la de la población general, siempre que haya una buena adherencia al tratamiento y seguimiento regular.
El trasplante de médula ósea, antes ampliamente utilizado, hoy se reserva para casos refractarios o en fase blástica.
Avances recientes
El seguimiento de la respuesta al tratamiento se realiza mediante la cuantificación molecular del BCR-ABL1 por PCR en tiempo real, lo que permite ajustar la terapia de forma precoz. Además, investigaciones actuales exploran nuevos TKIs más selectivos y combinaciones terapéuticas para aumentar aún más las tasas de respuesta profunda y reducir los efectos secundarios.
Leucemia linfocítica aguda (LLA)
La leucemia linfocítica aguda (LLA) es un tipo de cáncer de la sangre caracterizado por la producción excesiva de linfoblastos, que son linfocitos inmaduros. Estas células defectuosas se multiplican rápidamente en la médula ósea, sustituyendo a las células sanas responsables de la producción normal de glóbulos rojos, plaquetas y glóbulos blancos funcionales.
La LLA es el tipo de leucemia más común en la infancia, especialmente entre los 2 y 5 años de edad, aunque también puede afectar a adultos, en quienes tiende a tener una evolución más agresiva y una respuesta al tratamiento menos favorable.
Síntomas de la LLA
Los síntomas de la LLA aparecen de forma rápida, en cuestión de días o semanas, debido a la sustitución de las células normales por linfoblastos. Los más frecuentes incluyen:
- Fatiga intensa y palidez, consecuencia de la anemia.
- Fiebre persistente, incluso sin infección aparente.
- Infecciones frecuentes, por la falta de leucocitos funcionales.
- Hemorragias y hematomas espontáneos, causados por la baja cantidad de plaquetas.
- Aumento de ganglios linfáticos y del bazo, que puede notarse como bultos en el cuello o las axilas, o sensación de vientre hinchado.
- Dolores óseos o articulares, comunes en niños.
En algunos casos, la LLA también puede afectar al sistema nervioso central, provocando dolores de cabeza, vómitos o alteraciones neurológicas.
Diagnóstico de la LLA
El diagnóstico se inicia con un hemograma, que generalmente muestra un aumento de leucocitos y presencia de células inmaduras en la sangre. La confirmación se realiza mediante biopsia de médula ósea, que identifica los linfoblastos y permite clasificarlos. Pruebas complementarias como la inmunofenotipificación y los estudios genéticos ayudan a definir el tipo exacto de LLA (linfocitos B o T) y orientar el tratamiento.
Tratamiento de la LLA
El tratamiento de la LLA es intensivo y se divide en tres fases principales:
- Inducción de la remisión: dura unas 4 semanas y tiene como objetivo eliminar la mayor cantidad posible de células leucémicas. Se realiza con quimioterapia asociada a corticoides.
- Consolidación: refuerza la eliminación de células residuales y reduce el riesgo de recaída. Incluye ciclos adicionales de quimioterapia y, en casos seleccionados, trasplante de médula ósea.
- Mantenimiento: dura aproximadamente dos años, con dosis bajas de quimioterapia para evitar la reaparición de la enfermedad.
En los últimos años han surgido terapias innovadoras que han aumentado las tasas de curación:
- Blinatumomab e inotuzumab: fármacos dirigidos a células leucémicas específicas.
- Terapia CAR-T (células T modificadas genéticamente): indicada en casos resistentes, con resultados prometedores, especialmente en niños.
Quimioterapia en la LLA
El tratamiento quimioterápico de la LLA combina diferentes medicamentos que actúan en diversas fases del ciclo celular para destruir las células leucémicas. Entre los más utilizados se encuentran:
- Vincristina: interfiere en la división celular de las células leucémicas.
- Dexametasona o prednisona: corticoides que ayudan a eliminar linfoblastos y reducir la inflamación.
- Asparaginasa: bloquea una enzima esencial para las células leucémicas, provocando su muerte.
- Metotrexato y citarabina: se utilizan en fases específicas del tratamiento, incluso en la prevención de la infiltración leucémica en el sistema nervioso central.
Estos medicamentos se administran en combinaciones programadas, según protocolos que pueden variar entre niños y adultos. En casos de mayor riesgo o recaída, pueden emplearse agentes más recientes o realizar un trasplante de médula ósea.
Pronóstico de la LLA
El pronóstico de la LLA depende de la edad, del tipo de linfocito implicado (B o T) y de la respuesta inicial al tratamiento. En niños, las tasas de curación superan el 80 % con los protocolos actuales. En adultos, la respuesta es menos favorable, variando entre el 20 % y el 40 %, aunque las nuevas terapias están mejorando estos resultados.
Leucemia linfocítica crónica (LLC)
La leucemia linfocítica crónica (LLC) es un tipo de cáncer de la sangre que afecta a los linfocitos B maduros, un tipo de glóbulo blanco responsable de la producción de anticuerpos. A diferencia de las leucemias agudas, la LLC tiene una evolución lenta y puede permanecer asintomática durante años, siendo muchas veces detectada en análisis de rutina.
Es la forma de leucemia más común en adultos en los países occidentales, especialmente en personas mayores de 55 años, y es rara en jóvenes. A pesar de su crecimiento generalmente lento, la LLC es una enfermedad progresiva: con el tiempo, los linfocitos anómalos se acumulan en la sangre, la médula ósea, los ganglios linfáticos y en órganos como el bazo.
Síntomas de la LLC
En muchos casos, la LLC no causa síntomas en las fases iniciales. Cuando aparecen, suelen incluir:
- Aumento indoloro de ganglios linfáticos en el cuello, axilas o ingle.
- Fatiga persistente y debilidad.
- Infecciones frecuentes, debido a la baja inmunidad.
- Pérdida de peso no intencionada y sudoración nocturna.
- Aumento del bazo o del hígado, que puede causar molestias abdominales.
Diagnóstico de la LLC
El diagnóstico suele realizarse mediante un hemograma, que muestra un aumento de linfocitos en la sangre. La confirmación se obtiene con pruebas complementarias como:
- Inmunofenotipificación por citometría de flujo, que determina si los linfocitos son malignos.
- Estudios genéticos y moleculares, que ayudan a predecir la agresividad de la enfermedad (por ejemplo, deleción 17p o mutación en TP53).
Estas pruebas son fundamentales para definir la necesidad de tratamiento y su enfoque.
Clasificación de la LLC
La LLC se evalúa mediante sistemas que estiman su gravedad:
- Sistema Rai (0 a 4): utilizado principalmente en EE. UU., considera el aumento de ganglios linfáticos, hígado, bazo, anemia y trombocitopenia.
- Sistema Binet (A, B, C): más común en Europa, se basa en el número de regiones ganglionares afectadas y la presencia de anemia o disminución de plaquetas.
Los pacientes en estadios iniciales (Rai 0 o Binet A) suelen tener una evolución lenta y pueden no necesitar tratamiento inmediato, solo seguimiento médico.
Tratamiento de la LLC
No todos los pacientes con LLC requieren iniciar tratamiento tras el diagnóstico. Cuando la enfermedad es lenta y sin síntomas relevantes, se adopta la estrategia de “observar y esperar”, con revisiones y pruebas periódicas.
El tratamiento está indicado en caso de progresión, como anemia, trombocitopenia, ganglios muy aumentados o síntomas significativos. Las opciones incluyen:
- Terapias dirigidas:
- Ibrutinib y acalabrutinib (inhibidores de BTK): bloquean señales que permiten la proliferación de los linfocitos malignos.
- Venetoclax (inhibidor de BCL-2): induce la muerte programada de las células leucémicas.
- Anticuerpos monoclonales:
- Rituximab y obinutuzumab, que actúan directamente contra los linfocitos B anómalos.
- Quimioinmunoterapia tradicional:
- Combinaciones como fludarabina, ciclofosfamida y rituximab. Actualmente está siendo reemplazada progresivamente por terapias dirigidas, por ser más eficaces y con menos efectos secundarios.
El trasplante de médula ósea rara vez se utiliza y se reserva para casos muy agresivos o resistentes a los tratamientos habituales.
Pronóstico de la LLC
El curso de la LLC es muy variable. Muchos pacientes viven más de 10 años tras el diagnóstico, especialmente aquellos con formas indolentes y de bajo riesgo. Los avances en las terapias dirigidas han mejorado significativamente la calidad de vida y la supervivencia, haciendo de la LLC una enfermedad controlable en la mayoría de los casos.
Preguntas frecuentes sobre la leucemia (FAQ)
¿La leucemia tiene cura?
Algunos tipos de leucemia pueden curarse, especialmente cuando se diagnostican precozmente y se tratan adecuadamente. Las leucemias agudas (como la LLA y la LMA) pueden alcanzar la curación con quimioterapia intensiva y, en casos seleccionados, con trasplante de médula ósea. Las leucemias crónicas (LMC y LLC), en cambio, generalmente no tienen una cura definitiva, pero pueden controlarse durante muchos años con medicamentos modernos, lo que permite a los pacientes mantener una calidad de vida cercana a la normal.
¿La leucemia es hereditaria?
No. La leucemia no se transmite de padres a hijos. Aparece como resultado de alteraciones genéticas adquiridas a lo largo de la vida, generalmente relacionadas con factores ambientales o que ocurren de forma espontánea durante la división celular. Algunos síndromes genéticos raros, como el síndrome de Down, pueden aumentar el riesgo de leucemia, pero estos casos son excepcionales.
¿Se puede prevenir la leucemia?
No existe una forma específica de prevenir la leucemia, ya que la mayoría de los casos ocurre sin una causa identificable. Sin embargo, evitar la exposición a sustancias químicas tóxicas (como el benceno), no fumar y mantener un estilo de vida saludable pueden ayudar a reducir el riesgo general de enfermedades hematológicas y de ciertos tipos de cáncer.
¿Qué pruebas detectan la leucemia en fases tempranas?
No hay una prueba de detección específica para la leucemia en personas sin síntomas. Sin embargo, un hemograma completo de rutina puede identificar alteraciones sospechosas, como anemia, plaquetas bajas o niveles de leucocitos muy altos o bajos. En estos casos, se solicitan pruebas adicionales, como una biopsia de médula ósea, para confirmar el diagnóstico.
¿Cuáles son los signos iniciales de la leucemia que deben llamar la atención?
Los primeros signos pueden ser inespecíficos y confundirse con otras condiciones: cansancio excesivo, palidez, fiebre sin causa aparente, infecciones recurrentes y aparición de hematomas o sangrados espontáneos. Si estos síntomas persisten, es fundamental acudir al médico para una evaluación adecuada.
¿La leucemia es contagiosa?
No. La leucemia no es una enfermedad infecciosa y no puede transmitirse de una persona a otra por contacto, sangre u otra vía.
¿Cuál es la diferencia entre leucemia y linfoma?
La leucemia afecta principalmente a la médula ósea y la sangre, mientras que el linfoma se desarrolla en los ganglios linfáticos y otras estructuras del sistema linfático. Ambos son cánceres hematológicos, pero tienen presentaciones clínicas, métodos de diagnóstico y tratamientos diferentes.
- About leukemia – Cancer Treatment Center of America.
- Acute Lymphoblastic Leukemia (ALL) – Medscape.
- Acute Myeloid Leukemia (AML) – Medscape.
- Chronic Lymphocytic Leukemia (CLL) – Medscape.
- Overview of acute myeloid leukemia in adults – UpToDate.
- Classification of acute myeloid leukemia – UpToDate.
- Induction therapy for acute myeloid leukemia in medically-fit adults – UpToDate.
- Overview of the treatment of chronic lymphocytic leukemia – UpToDate.
- Overview of the treatment of chronic myeloid leukemia – UpToDate.
- Kliegman RM, et al. The leukemias. In: Nelson Textbook of Pediatrics. 21st ed. Elsevier; 2020.
- Niederhuber JE, et al., eds. Abeloff’s Clinical Oncology. 6th ed. Elsevier; 2020.
Dudas de los lectores sobre este tema
Preguntas reales enviadas por lectores y seleccionadas por el editor por su relevancia para este artículo.